El Regreso a la Vida Terrestre

El mundo de la percepción había sido reemplazado.

El Regreso a la Vida Terrestre
El mundo de la percepción había sido reemplazado. La identidad había pasado de ser un sujeto limitado (un ―Yo‖ personal) a un contexto ilimitado. Todo se había transformado y revelaba belleza, perfección, amor e inocencia. Todos los rostros brillaban con el resplandor de la belleza interior. Todas las plantas se manifestaban como una forma artística. Cada objeto era una escultura perfecta. Todo existe sin esfuerzo en su propio lugar, y todo esta secuenciado en sincronicidad. Lo milagroso es continuo. Los detalles de la vida se acomodan misteriosamente por si mismos, espontáneamente. La energía de la Presencia consigue sin esfuerzo lo aparentemente imposible y genera fenómenos que el mundo ordinario consideraría milagrosos. A lo largo de un periodo de varios años, tuvieron lugar de forma regular y espontánea lo que se denomina normalmente como fenómenos psíquicos (los clásicos Siddhis). Fenómenos como la clarividencia, la visión a distancia (la capacidad de ver lo que está por delante), la telepatía y la psicometría eran del todo comunes. Había un conocimiento automático de lo que las personas pensaban y sentían antes de que hablaran. El amor Divino prevalecía como un poder organizador y era el estadio omnipresente sobre el cual tenían lugar todos los fenómenos.
El Cuerpo Físico Una energía sumamente poderosa ascendía por la espina dorsal y la espalda y se concentraba en el cerebro dependiendo de en donde se centrara la atención. Luego, la energía pasaba por la cara y descendía hasta la región del corazón. Esta energía era exquisita y, a veces, fluía hacia el mundo exterior, allá donde había seres humanos afligidos. Una vez, mientras conducía por una lejana autopista, la energía empezó a derramarse desde el corazón y se extendió por la autopista y tomó la siguiente curva. De allí, la energía se derramo sobre el lugar en el que terminaba de ocurrir un accidente. La energía tuvo un efecto curativo sobre todos los implicados. Después de un breve rato, la energía pareció haber cumplido su propósito y, súbitamente, se detuvo. No muchos kilómetros después, en la misma autopista, empezó a repetirse lo mismo. De nuevo, una energía deliciosa y exquisita se derramo desde la región del corazón y se extendió por la carretera alrededor de kilómetro y medio hasta llegar a otra curva. Allí acababa de ocurrir otro accidente. De hecho, las ruedas del automóvil aun estaban girando. La energía se estaba derramando entre los pasajeros del vehículo. Era como si se les estuviera transmitiendo una energía angélica a las angustiadas personas, que estaban rezando. En otra ocasión, la presencia curativa tuvo lugar mientras paseaba por las calles de Chicago. Esta vez, la energía se derramo entre un grupo de muchachos jóvenes que estaban a punto de pelearse. Cuando la energía los envolvió, fueron retirándose poco a poco, relajándose, y se pusieron a reír. Poco después se separaban, punto en el cual el flujo de energía se detuvo. El aura de energía que emanaba de la Presencia tenía una capacidad infinita. La gente quería sentarse en sus inmediaciones porque, en aquel campo de energía, entraban automáticamente en un estado de dicha o en un estado superior de
conciencia, y sentían el amor divino, la dicha y la curación. En el, las personas que estaban alteradas se calmaban y recuperaban el bienestar. El cuerpo que anteriormente yo consideraba como ―mío‖, ahora se curaba de diversas dolencias. Sorprendentemente, ahora veía bien sin llevar gafas. Aquella visión mermada había hecho preciso el uso de lentes trifocales desde los doce años. La capacidad de ver bien sin gafas, incluso a distancia, llegó de repente, sin advertencia previa, y fue una sorpresa agradable. Cuando sucedió, se hizo evidente que las facultades sensoriales estaban en función de la propia conciencia y no del cuerpo. Después, vino el recuerdo de la experiencia de estar ―fuera del cuerpo‖, durante la cual se hizo patente que la capacidad para ver y escuchar estaba en el cuerpo ―etérico‖ y no estaba conectada en modo alguno con el cuerpo físico, que se encontraba a cierta distancia, en otro lugar. Parecía que las enfermedades físicas eran ciertamente el resultado de un sistema de creencias negativo, y que el cuerpo podía cambiar literalmente como consecuencia del cambio en el patrón de creencias. Uno solo está realmente sujeto a lo que mantiene en su mente. (Un hecho bastante común es que muchas personas se han recuperado casi de cualquier enfermedad conocida siguiendo un camino espiritual.) Las propiedades aparentemente milagrosas y la capacidad de la energía divina y los fenómenos que generaba eran intrínsecos a ese campo de energía y en modo alguno eran personales. Sucedían espontáneamente, y parecían hacerlo con ocasión de alguna necesidad en algún lugar del mundo. También resultaba interesante ver que muchas personas normales que presenciaban estos fenómenos optaban por negarlos y por desestimar totalmente lo que habían presenciado, como si aquello estuviera completamente fuera del sistema perceptivo del ego y de sus creencias de lo que era posible o no. Si se les preguntaba acerca de los fenómenos, las personas elaboraban rápidamente algún tipo de Racionalización, de forma similar a los pacientes que habían sido hipnotizados y fabrican una respuesta plausible cuando se les pide que expliquen un comportamiento post-hipnótico. En cambio, las personas que estaban bastante evolucionadas espiritualmente aceptaban la ocurrencia de fenómenos milagrosos sin hacer ningún comentario, como si fuera una parte natural de sus vidas. Tras una importante transformación de la conciencia, la Presencia determina todas las acciones y acontecimientos. Se establece por si misma una alteración permanente de la conciencia y está constantemente presente en su quietud y silencio, aun cuando el cuerpo hable u opere en el mundo. Con los años, y con esfuerzo, se desarrolla la capacidad para concentrarse en varios niveles como se requiere para poder funcionar en el mundo. Si se nos permite esto, la Paz silenciosa nos embarga por completo y nos sumerge en un estado de una dicha serena e infinita. Al retirarse el interés por el mundo exterior y por las funciones ordinarias de la percepción, ese estado de dicha infinita prevalece y puede solo ser reducido a través de una concentración intensa en el mundo ordinario. El Ser esta mas allá del tiempo y de la forma y, dentro de el, la consciencia ordinaria es potencialmente capaz de funcionar simultáneamente de un modo mundano. Era difícil considerar el mundo de la percepción ordinaria como algo real y tomárselo en serio. Esto llevaba a una especie de capacidad permanente para ver el mundo desde un punto de vista cómico. La vida ordinaria parecía una comedía interminable, hasta el punto de que la misma seriedad resultaba cómica. Hubo que sofocar las expresiones del sentido del humor, pues habían personas incapaces de
aceptarlas debido a que se hallaban profundamente implicadas en el mundo perceptivo de la negatividad. La mayoría de la gente parece tener intereses creados en la negatividad de su mundo perceptivo, y se resisten a dejarla en favor de una consciencia de nivel superior. Hay gente que parece obtener una gran satisfacción en su interminable ira, resentimientos, remordimientos y auto- compasión, de modo que se resisten activamente a entrar en tales niveles de comprensión, perdón o compasión. La negatividad parece tener suficientes ventajas como para perpetuar formas de pensamiento que son obviamente ilógicas y autocomplacientes, del mismo modo que los políticos distorsionan la verdad con el fin de obtener votos, o que los que persiguen a los criminales eliminan evidencias de la inocencia del acusado con el fin de obtener una condena. Cuando se renuncia a estas ―ventajas‖ negativas, el mundo se convierte en una interminable presencia de una belleza y perfección intensas, y el amor domina toda la vida. Todo es auto- luminoso, y la dicha de su esencia divina se irradia al exterior a través de su omnipresente no forma, que es expresada en el mundo de la percepción como forma. Ya no es necesario ―saber‖ nada, porque no hace falta saber nada cuando uno es en realidad todo cuanto existe. La mente, en su estado ordinario simplemente sabe ―acerca de‖. Pero eso ya no es necesario cuando uno es todo lo que se puede ser. La Identidad, que sustituyo a la antigua sensación de ―Yo‖, no tiene partes ni divisiones. Nada queda fuera de su Plenitud y Totalidad. El Ser se ha convertido en la Esencia, no diferente a la esencia de todo. En la no dualidad, no hay conocedor ni conocido, porque ambos se han convertido en uno y lo mismo. Nada está incompleto. La omnisciencia es auto- plenitud. No existe el deseo por el próximo segundo a experimentar que impulsa a la mente ordinaria, la cual instante a instante siempre se siente incompleta. El sentido de plenitud prevalece con los sentidos físicos. El deseo y la anticipación desaparecen, y surge el placer de la actividad en si. Dado que se ha detenido la experiencia del tiempo, no hay experiencia alguna de sucesión de acontecimientos que haya que anticipar o lamentar. Cada momento es completo y total en si mismo. La condición de ser reemplaza toda sensación de pasado, presente o futuro de tal manera que no hay nada que anticipar o intentar controlar. Esto forma parte de ese profundo estado de paz y serenidad. Toda necesidad y todo deseo se detienen con el cese de cualquier sensación de tiempo. La Presencia, con su infinita serenidad, ha desplazado toda actividad mental y emocional. El cuerpo se auto- propaga, y simplemente es otra propiedad de la naturaleza que funciona en respuesta al flujo de las circunstancias. Nada se mueve o actúa independientemente del resto del universo. En concordancia absoluta, todo vive, se mueve y tiene su existencia en la más absoluta perfección, belleza y armonía de Todo Lo Que Es. La motivación como fundamento de toda acción, desaparece. Los fenómenos de la vida estaban ahora en una dimensión diferente, y eran observados como si uno estuviera en un reino diferente. Todo sucede por si mismo en ese estado de serenidad y silencio interior, activado por el amor que se expresa por si mismo a través del universo y de todo lo que hay en el. La belleza de la vida resplandece como infinito gozo y felicidad, una infinita paz mas allá de toda emoción. La paz de Dios es tan completa y total que no queda nada que se pueda desear o querer. Incluso el ―experimentar‖ ha cesado. En la dualidad, existe un experimentador y aquello que se experimenta. En la no dualidad, esto es reemplazado al convertirte en Todo Lo Que Es, de tal modo que no existe separación en el tiempo, el espacio o la experiencia subjetiva entre el experimentador y lo que es experimentado.
En la no dualidad de la consciencia, ni siquiera se da ya la secuencia, y la consciencia sustituye a la experimentación. Ya no se experimentan ―instantes‖, dado que solo hay un Ahora continuo. El movimiento parece como a cámara lenta, como si estuviera suspendido fuera del tiempo. Nada es imperfecto. Nada se mueve o cambia en realidad; ningún acontecimiento tiene lugar. En vez de una secuencia, lo que hay es la observación de que todo se halla en un estado de despliegue, y que toda forma no es más que un fenómeno transitorio creado por la percepción y los hábitos de observación de la mente. En realidad, todo viene a ser una expresión de la potencialidad infinita del universo. Los estadios evolutivos son las consecuencias de las circunstancias, pero no vienen provocados por ellas. Las circunstancias contribuyen a las apariciones, y los fenómenos, en tanto que cambios, no son en realidad más que el resultado de un punto de observación arbitrario. Desde el punto de vista de la singularidad, parece haber multiplicidad, pero desde la omnipresencia de la multiplicidad simultanea, solo existe la singularidad de la unidad. La omnipresencia echa abajo cualquier artefacto perceptivo, tanto de la singularidad como de la multiplicidad. En realidad, ni siquiera existen las circunstancias. No hay ni ―aquí‖ ni ―allí‖; no hay ni ―ahora‖ ni ―después‖; no hay ni ―pasado‖ ni ―futuro‖; no hay ni ―completo‖ ni ―incompleto‖, no hay un ―llegar a ser‖, por cuanto ya se es y totalmente auto- existente. Hasta el tiempo, en si, es un punto de observación arbitrario, al igual que la velocidad de la luz. Nuestro habitual empeño por describir el universo se puede ver no como una descripción del universo, sino como una descripción desde puntos de observación arbitrarios, y ciertamente como un mapa de cómo funciona la mente ordinaria. Lo que está siendo descrito en realidad no es un universo objetivo y auto- existente, sino simplemente las categorías de la actividad de la mente y las estructuras y formas de su procesamiento secuencial. De ahí que las limitaciones de la ciencia estén pre-ordenadas por las limitaciones que le impone el mundo perceptivo de la dualidad. La propia percepción está limitada de por si, ya que solo puede saber ―acerca de‖, en lugar de saber. No se espera que la ciencia vaya más allá de los límites de la percepción, ni tampoco habría que culparla por ello. La ciencia solo puede llevarnos hasta el umbral de la consciencia, la cual no depende en absoluto de la percepción. En la actualidad, la ciencia avanza a través de la intuición científica, y la lógica y las pruebas vienen después. Normalmente, denominamos creatividad a estos saltos intuitivos, que superan la lógica y potencian el progreso. Así, el descubrimiento es el verdadero manantial de la evolución de la sociedad. En el estado de Consciencia, la mente se vuelve silente. El pensamiento lógico o secuencial se detiene y, en su lugar, hay silencio y serenidad, así como un despliegue continuo, sin esfuerzo, y una presentación que se manifiesta como revelación. El conocimiento se despliega por si mismo, y la divinidad de Todo Lo Que Es brilla silenciosamente, evidente y resplandeciente. Todo se manifiesta en una revelación completa y continua. No hay nada que buscar ni conseguir, pues todo es ya completo y total. Toda acción aparente tiene lugar por si sola. Tras la acción no hay hacedor, dado que la entidad mítica que uno siempre supuso que constituía el manantial de experiencias ha desaparecido y se ha disuelto en la unidad absoluta del universo. El Ser, en su totalidad y plenitud, está más allá y antes que todos los mundos, universos o tiempos, sin depender de nada ni estar causado por nada. El Ser está más allá de la existencia, no está sujeto a la existencia ni a la no existencia, ni al principio ni al final, ni al tiempo ni al espacio. Ni siquiera se le puede incluir en los conceptos de ―es‖ o ―no es‖. El Ser no es ni manifiesto ni no manifiesto, y está más allá de cualquier dimensión implícita por tal categorización de conceptos. Hicieron falta algunos ajustes importantes para poder operar de forma convincente en el mundo de la experiencia ordinaria. Hay una continuidad y unidad entre los ―reinos‖ de la dualidad y de la no dualidad, y la no dualidad impregna completamente toda la dualidad. La limitación de la dualidad es, ciertamente, una limitación de la conciencia. Esta limitación de la conciencia parece ser una consecuencia del enfoque. Los seres humanos se ven inocentes debido a la extrema inconciencia e inconsciencia de su realidad. En este estado, están dirigidos por la programación de su ilusorio sistema de creencias. Y al mismo tiempo, la pureza del espíritu brilla por doquier como intrínseca belleza. En términos actuales, se podría decir que la gente está dirigida por sus ―programas de software‖, de los cuales no son conscientes. Todas las personas se hallan en un proceso de evolución de la conciencia, habiendo unas mas evolucionadas que otras. Cada una de ellas representa el despliegue de la conciencia bajo condiciones diferentes y, de ahí que ofrezcan diferentes niveles de apariencia. Es como si cada persona estuviera atrapada en un determinado nivel y no pudiera pasar a otro nivel sin el consentimiento, la decisión y el acuerdo de la voluntad. Por hacer una comparación, la inocencia intrínseca podría entenderse si vemos a la persona como el hardware y a sus acciones y sus creencias como el software. El hardware no se ve afectado por los programas del software, que siguen ciegamente sin tener consciencia de la importancia o las consecuencias de tales acciones. Clásicamente, a esos programas de software inconscientes se les ha llamado ―karma‖. El estado en el cual operan las personas normales no implica ninguna falta o defecto moral sino que representan las posibilidades de los Campos de consciencia expresándose a través de cada entidad viva. Aunque en realidad no hay ―buenos‖ ni ―malos‖, es obvio que todas las acciones tienen consecuencias. Más allá de las diferencias aparentes, lo único que hay es la realidad del Ser único brillando en tanto que origen de la vida de todo lo vivo; cada entidad vive en el fotograma detenido de este instante, que es todo lo que hay realmente y está más allá de su consciencia. En la no dualidad, no puede haber instante alguno en el que se pueda dar eso que llamamos ―problema‖, ―conflicto‖ o ―sufrimiento‖. Todo esto surge en la anticipación del instante siguiente o en el recuerdo del pasado. El ego parece ser un producto del miedo, y su objetivo es controlar el siguiente instante de experiencia y asegurarse su supervivencia. Parece vacilar entre el miedo al futuro y los lamentos por el pasado; y el deseo y el sentido del tiempo que repele la acción surgen de la ilusión de la carencia. Con la sensación de que todo está completo, el deseo cesa. Todo aquello que cree que es finito teme por su supervivencia, pues está sujeto al tiempo y a las ilusiones de la causalidad. En el momento que desaparecieron las motivaciones habituales de la vida, esta se hizo sin esfuerzo. Lo que había sido la personalidad no era ahora más que una vaga propensión que parecía saber como imitar un comportamiento normal a partir del recuerdo de estos patrones, pero su discurrir provenía de otra fuente. Lo que previamente se habría considerado como algo personal era ahora obviamente impersonal. En primer lugar, el Ser real no podía explicarse por si mismo a los demás. Lo que para este Ser era realidad, sólida y sustancial, sonaba a abstracto o filosófico cuando se expresaba con palabras a personas normales que estaban dirigidas por conceptos y patrones de pensamiento secuenciales; lo que veían
místico las personas normales era simplemente una realidad concreta y subjetiva. Llevaba un esfuerzo volver a activar los patrones de pensamiento ordinarios para poder facilitar la comunicación verbal. El verdadero ―Yo‖ esta mas allá de la conciencia misma, pero puede descender su radiación en la medida en que se es capaz de retirarse de la dicha para sumergirse en la actividad mundana. El amor se convierte así en el único motivador para la continuidad de la existencia física. Durante esta transición, el cuerpo sintió una tensión considerable, como si el sistema nervioso hubiera tenido que soportar más energía de la que estaba diseñado para soportar originalmente. Los nervios solían sentirse como si hubiera un tendido de alta tensión por el cual pasara una corriente de alto voltaje. Con el tiempo, esto hizo necesario mudarse de la gran ciudad y de la vida urbana hacia una pequeña ciudad del oeste que, durante años, venia atrayendo a la gente que se consagraba a una vida espiritual y no materialista. Entonces, la meditación pudo tomar el lugar de las actividades cotidianas, y el estado de dicha volvió, derivando en lo que bien se podría decir que era un modo de vida ascético, solo por no haber necesidades ni deseos. Fue una época de olvidarse incluso de comer, como si el cuerpo fuera ciertamente algo periférico o no existiese siquiera. Uno podía pasar por delante de un espejo y sorprenderse de que hubiera incluso una imagen allí. No había interés alguno por los acontecimientos del mundo, circunstancia que duro unos diez años, retirado del funcionamiento habitual con el fin de ajustarse al estado espiritual que había reemplazado a la conciencia anterior. Un aspecto de este estado de consciencia fue la capacidad para discernir el mayor significado de los fenómenos que observaba habitualmente. Así, una técnica clínica tan interesante como la kinesiología se revelo como el eslabón Perdido, y el puente entre la mente y el cuerpo, y entre lo manifiesto y lo no manifiesto. Ahora se podía hacer fácilmente visible lo que es invisible. Este fenómeno clínico trascendió el sistema nervioso autónomo o el sistema de la acupuntura como explicación del vínculo entre la psique y el soma. Era obvio que la respuesta kinesiológica tenía su origen en la no localización de la conciencia, y que sus limitaciones iniciales para la investigación de los fenómenos locales eran la expresión de las limitaciones de la percepción de los clínicos o experimentadores. Aunque podamos decir que la dualidad existe gracias a la no dualidad, la prueba muscular se mostró como el fenómeno más sencillo y práctico mediante el cual poder sacar partido de esa realidad. Era obvio que podías calibrar los diferentes campos de energía de la conciencia y disponer entonces de una escala jerárquica; y cuando se calibró numéricamente, literalmente demostrar los niveles clásicos de la conciencia tal como se venían definiendo desde el principio de los tiempos. El aspecto más sorprendente del fenómeno era que permitía registrar instantáneamente la diferencia entre verdad y falsedad. Esta cualidad estaba más allá del tiempo y el espacio, y traspasaba la psique humana y a las mentes de las personas involucradas. Era una cualidad universal de la conciencia, del mismo modo que el protoplasma tiene las cualidades universales de la reactividad a los estímulos. El protoplasma reacciona involuntariamente tanto a los estímulos nocivos como a los benéficos, y distingue entre ambos. Se aparta de lo que es contrario a la vida y es atraído por aquello que la sustenta. Del mismo modo, y con la velocidad del rayo, los músculos del cuerpo se debilitan de inmediato en ausencia de la verdad; y se fortalecen en presencia de la verdad o aquello que sustenta la vida. Todas las cosas del mundo, incluyendo los pensamientos, los conceptos, las sustancias y las imágenes, evocan una respuesta que puede ser demostrada como

positiva o negativa. La respuesta no está limitada por el tiempo, el espacio, la distancia, o la opinión personal. Con esta sencilla herramienta, se puede explicar y documentar la naturaleza exacta de todo en el universo, en cualquier momento dado. Todo lo que es o fue, sin excepción, irradia una frecuencia y una vibración que es como una huella permanente en el campo impersonal de la conciencia, y puede ser recuperada por esta prueba a través de la misma conciencia. El universo se revelaba; ya no eran posibles los secretos. Era evidente que se podían contar todos y cada uno de los ―cabellos de tu cabeza‖, y que ni siquiera pasaba desapercibida la caída de un gorrión. Aquel ―todo os será revelado‖ se había convertido en un hecho.


Francisco Martinez

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