VIDA? muerte? temor?

Perdiste a alguien que amabas? Te preocupa el fin de la vida? Entonces esta nota es para
TI

VIDA? muerte? temor?
Perdiste a alguien que amabas? Te preocupa el fin de la vida? Entonces esta nota es para
TI
El presente es solo un breve principio.
Uno de los engaños mas grandes de todos a los que nos han sometido son los conceptos
artificiosos y artificiales de VIDA Y MUERTE
La muerte no es nada como nos han enseñado, y la vida no es solo esta experiencia
presente y con fecha de vencimiento futura.
Cada uno tiene y tendra sus propias experiencias con estos temas. Deseo hoy compartir
una nota desde la perspectiva un hombre de ciencias.
La experiencia de un doctor en la vida después de la vida
Cuando un neurocirujano se encontraba en coma, experimentó cosas que nunca habría
creído posibles: un viaje a la vida después de la vida. Este es su relato.
COMO neurocirujano, no creía en las experiencias cercanas a la muerte. Crecí en un
mundo científico, era hijo de un neurocirujano. Seguí la senda de mi padre y me convertí
en neurocirujano y académico de la Harvard Medical School y otras universidades.
Entiendo lo que le sucede al cerebro cuando las personas están cercanas a la muerte y
siempre creí que existían buenas explicaciones para los viajes fuera del cuerpo, descritos
por quienes escaparon de la muerte.
El cerebro es un mecanismo sorprendentemente sofisticado, pero extremadamente
delicado. Si se le reduce la cantidad de oxígeno a la mínima parte, reaccionará. No era
una gran sorpresa, entonces, que las personas que habían vivido traumas severos
retornaran de sus experiencias con historias extrañas. Pero eso no significaba que
hubiesen viajado a ninguna parte realmente.
Aunque me consideraba un cristiano fiel, lo era más nominalmente que por tener una fe
verdadera. No envidiaba a quienes creen que Jesús fue simplemente un buen hombre
que sufrió en las manos del mundo. Sí simpatizaba profundamente con quienes creen que
existe un Dios en algún lugar y que nos ama sin condiciones. De hecho, les envidiaba la
seguridad que, sin duda, les brindan esas creencias. Pero, como científico, simplemente
tenía más conocimiento como para yo mismo creer en ello.
En el otoño de 2008, sin embargo, después de estar siete días en coma, con la parte
humana de mi cerebro, la neocorteza, desactivada, experimenté algo tan profundo que
me dio una razón científica para creer en la conciencia después de la muerte. Sé cómo
suenan estas declaraciones a los escépticos, de modo que contaré mi historia con la
lógica y el lenguaje del científico que soy.
Una mañana desperté con un dolor de cabeza extremadamente intenso. En cosa de
horas, toda mi corteza -la parte del cerebro que controla el pensamiento y la emoción- se
había apagado. Los doctores del Lynchburg General Hospital en Virginia, un hospital en el
que yo mismo trabajaba, determinaron que, de alguna manera, había contraído un tipo de
meningitis bacteriana muy rara, que en la mayoría de los casos ataca a los recién
nacidos. La bacteria había penetrado mis fluidos cerebroespinales y estaba comiéndose
mi cerebro.
Cuando entré a la sala de urgencias esa mañana, mis posibilidades de sobrevivir en un
estado más allá de lo vegetativo ya eran muy bajas. Luego me sumergí en una casi no
existencia. Durante siete días estuve en un coma profundo, con mi cuerpo sin responder y
mis funciones cerebrales de alto orden completamente desconectadas.
En la mañana del séptimo día, mientras mis doctores evaluaban si continuar o no con el
tratamiento, mis ojos se abrieron.
No existe ninguna explicación científica para el hecho de que mientras mi cuerpo estaba
en coma, mi mente (mi ser consciente interior) estaba viva y en buena salud. Mientras las
neuronas de mi corteza estaban aturdidas y en completa inactividad, mi conciencia libre
del cerebro viajaba a una dimensión distinta y más grandiosa: una que jamás soñé y la
cual mi viejo yo, anterior al coma, habría estado feliz de explicar como una imposibilidad.
Pero esa dimensión -la misma que ha sido descrita por innumerables sujetos que han
sufrido experiencias de muerte cercana y otros estados místicos- está ahí. Existe, y lo que
vi y aprendí allí me ha colocado en un mundo literalmente nuevo: un mundo en el que
somos mucho más que nuestros cerebros y cuerpos y en donde la muerte no es el fin de
la conciencia, sino un capítulo de un viaje vasto e incalculablemente positivo.
No soy la primera persona en descubrir pruebas de que la conciencia existe más allá del
cuerpo. Vistazos breves de este reino son tan antiguos como la historia humana. Pero
hasta donde sé, nadie había viajado a esta dimensión (a) mientras su corteza estaba
completamente apagada, y (b) mientras su cuerpo estaba bajo constante observación
médica, como lo fue el mío durante siete días completos.
Todos los argumentos centrales contra las experiencias de muerte cercana sugieren que
son el resultado de un funcionamiento pasajero, parcial o mínimo de la corteza. Mi
experiencia, sin embargo, no se produjo mientras mi corteza estaba funcionando mal, sino
que cuando simplemente estaba apagada. Esto queda claro a partir de la gravedad y
duración de mi meningitis y del involucramiento cortical global, documentado por los
escáneres CT y exámenes neurológicos. De acuerdo a la actual comprensión médica del
cerebro y de la mente, no había absolutamente ninguna forma de que pudiera haber
experimentado una conciencia tenue y limitada durante mi coma, y mucho menos la
odisea híper vívida y completamente coherente que tuve.
Me tomó meses asumir lo que me había pasado. No solo la imposibilidad médica de
haber estado consciente durante mi coma, sino que -más importante- las cosas que
sucedieron en ese tiempo. Hacia el principio de mi aventura estuve en un lugar lleno de
nubes. Grandes, hinchadas, de color rosa y blanco, que resaltaban fuertemente respecto
del profundo cielo azul oscuro.
Más altos que las nubes, multitudes de seres transparentes y brillantes cruzaban el cielo,
dejando tras de sí largas estelas. ¿Aves? ¿Angeles? Estas palabras fueron registradas
más tarde, cuando escribía mis recuerdos. Pero ninguna les hacía justicia a los seres en
sí mismos, que eran muy diferentes de cualquier cosa que hubiese conocido.
Un sonido, enorme y retumbante como un cántico glorioso, bajaba y me pregunté si los
seres alados eran quienes lo producían. Una vez más, al pensar en eso más tarde, se me
ocurrió que la dicha de estas criaturas mientras volaban era tal, que debían hacer este
ruido. El sonido era palpable y prácticamente material, como una lluvia que se puede
sentir en la piel, pero que no te moja.
Ver y mirar no eran algo separado en el lugar en el que estaba. Podía escuchar la belleza
visual de los cuerpos plateados de esos seres que estaban arriba de mi y podía ver la
perfección surgente y gozosa de lo que cantaban. Parecía que no se podía mirar o
escuchar nada en ese mundo sin volverse parte de ello, sin que de alguna forma
misteriosa uno se uniera a ello.
Pero el asunto se vuelve aún más raro. Durante gran parte de mi viaje había alguien junto
a mí: una mujer. Era joven y recuerdo cómo se veía hasta en su último detalle. Tenía
pómulos sobresalientes y ojos de un azul profundo. Mechones marrón-dorados
enmarcaban su rostro. Cuando la vi por primera vez, avanzábamos juntos sobre una
superficie de patrón intricado, que, después de un momento, reconocí como el ala de una
mariposa. De hecho, había millones de mariposas a nuestro alrededor. Era un río de vida
y color, moviéndose a través del aire. La vestimenta de la mujer era simple, como de una
campesina, pero sus colores (azul claro, índigo, y pastel melocotón y naranjo) eran
abrumadoramente vívidos, mucho más que cualquier otra cosa. Me vio con una mirada
que te hacía sentir que toda tu vida hasta ese momento había valido la pena, sin importar
lo que hubiese ocurrido. No era una mirada romántica. No era una mirada de amistad. Era
una mirada que iba más allá de todo eso, más allá de todos los distintos compartimentos
del amor que tenemos.
Sin pronunciar palabra, habló conmigo. El mensaje me atravesó como una brisa e
instantáneamente comprendí que era verdad. Lo supe de la misma forma que sabía que
el mundo en torno nuestro era real. El mensaje estaba dividido en tres partes, y si tuviera
que traducirlo a algún lenguaje terrenal, diría que era algo así: “Tú eres amado y querido,
profundamente, por siempre”; “No tienes nada de qué temer”; “No hay nada que puedas
hacer mal”.
El mensaje me llenó de una vasta y loca sensación de alivio. Fue como si me hubiesen
dado las reglas de algún juego que había estado practicando toda mi vida, sin nunca
haberlo comprendido del todo. “Te mostraremos muchas cosas aquí”, dijo la mujer, sin
usar esas palabras pero traspasándome directamente su esencia conceptual. “Pero en
algún momento, habrás de volver”.
En ese punto, solo tenía una pregunta.
¿De vuelta a dónde?
Una brisa cálida sopló. Una brisa divina. Ella lo cambiaba todo, elevando al mundo
alrededor mío en una octava más alto. Comencé a hacerle preguntas, sin palabras.
¿Dónde está este lugar? ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí?
Con cada pregunta en silencio, la respuesta llegaba en una explosión de luz, color y amor,
que me atravesaba como una onda de choque. Los pensamientos entraban directamente
en mí. No eran vagos, inmateriales o abstractos. Eran sólidos e inmediatos y mientras los
recibía era capaz de comprender, de modo instantáneo y sin esfuerzo, conceptos que me
habría tardado años de captar completamente en mi vida terrenal.
Seguí avanzando y me vi entrando en un vacío inmenso, completamente oscuro, infinito
en tamaño, pero infinitamente confortante. Negro como la boca de un lobo, también
rebosaba de luz: una luz que parecía provenir de una esfera que ahora sentía cerca de
mí. La esfera era una especie de “intérprete” entre yo y la vasta presencia que me
rodeaba. Era como si hubiese nacido en un mundo más grande y el universo en sí mismo
era como un útero gigante, y la esfera me guiaba a través de él.
Más tarde, cuando estuve de vuelta, descubrí una cita del poeta cristiano del siglo XVII,
Henry Vaughan, que describía este lugar mágico, este corazón enorme y negro que era
hogar de lo divino: “Existe, dicen algunos, una profunda pero deslumbrante oscuridad en
Dios...”. Eso era exactamente: una oscuridad como la tinta que también estaba rebosante
de luz.
Sé perfectamente bien lo extraordinario e increíble que parece todo esto. Si alguien,
incluso un doctor, me hubiese contado una historia así en los viejos tiempos, habría
estado seguro de que estaba bajo el hechizo de alguna alucinación. Pero lo que me
sucedió fue tan real como cualquier hecho de mi vida. Como el día de mi boda o el
nacimiento de mis dos hijos.
Lo que me sucedió exige ser explicado.
Los físicos modernos dicen que el universo es una unidad; esto es, que es indivisible.
Aunque parezcamos vivir en un mundo de separación y diferencia, la física nos muestra
que todo objeto y evento en el universo está completamente entretejido con todos los
demás objetos y eventos. No existe una separación real. Antes de mi experiencia estas
ideas eran abstracciones. Hoy son realidades. El universo no solo está definido por la
unidad, también -ahora lo sé- por el amor. El universo, según lo experimenté en mi coma,
era el mismo del que hablaban Einstein y Jesús a sus modos (bien) distintos.
He sido durante décadas neurocirujano en las instituciones de mayor prestigio en Estados
Unidos. Sé que muchos de mis pares sostienen -como yo lo hacía- la teoría de que
nuestro cerebro, y en particular la corteza, genera la conciencia y que vivimos en un
universo carente de cualquier tipo de emociones. Pero esa creencia, esa teoría, ahora
está rota frente a nuestros pies. Lo que me ocurrió la destruyó y pretendo pasar el resto
de mi vida investigando la verdadera naturaleza de la conciencia y aclarar el hecho de
que somos más, mucho más, que nuestros cerebros, tanto a mis colegas como al resto de
las personas.
Cuando el castillo de una teoría científica antigua comienza a mostrar grietas, en un inicio
nadie quiere prestar atención. El viejo castillo simplemente tomó demasiado tiempo en
construirse, y si se cae, habrá que construir otro completamente nuevo.
Aprendí esto de primera mano cuando estaba lo suficientemente sano para volver al
mundo y hablar con otros (personas distintas de mi esposa, Holley, y de nuestros dos
hijos) sobre lo que me había sucedido. Las miradas corteses e incrédulas, en especial de
mis amigos médicos, pronto me hicieron darme cuenta de la tarea que significaría hacer
comprender la enormidad de lo que había visto y experimentado.
Hoy en día, muchos creen que las vivas verdades espirituales de la religión han perdido
su poder y que la ciencia, y no la fe, es el camino a la verdad. Antes de mi experiencia,
ese era mi caso.
Pero ahora comprendo que tal punto de vista es demasiado simple. El hecho es que la
imagen materialista del cuerpo y el cerebro como productores, en vez de vehículos, de la
conciencia humana está condenada. En su lugar, emergerá una nueva mirada sobre la
mente y el cuerpo, y de hecho ya está surgiendo. Esta mirada es científica y espiritual en
igual medida y valorará aquello que los más grandes científicos de la historia han valorado
siempre: la verdad.
Este nuevo cuadro de la realidad tomará mucho tiempo en pintarse. No estará completado
en mi tiempo de vida, e incluso, lo sospecho, tampoco en el de mis hijos. De hecho, la
realidad es demasiado vasta, demasiado compleja y demasiado irreductiblemente
misteriosa para hacer una pintura completa de ella o para que alguna vez llegue a estar
lista. Pero en esencia, mostrará al universo en evolución, con muchas dimensiones, y que
es conocido hasta el último átomo por un Dios que se preocupa por nosotros de una
manera más profunda y feroz que el amor que siente cualquier padre hacia sus hijos.
Sigo siendo doctor y hombre de ciencia, tanto como lo era antes de mi experiencia. Pero
en un nivel profundo, soy distinto a la persona que era antes, porque tuve un vistazo de
este cuadro emergente de la realidad. Y créanme, valdrá la pena todo el trabajo que nos
tomará a nosotros, y a aquellos que vendrán después de nosotros, para agrandarlo.
por Dr. Eben Alexander / Newsweek /
La muerte no es ningun fin, es el PRINCIPIO de una VIDA SUPERIOR, vida que jamas
termina, una vida mas profunda, mas vivida, mas hermosa.
Ciertamente nos encontraremos con aquellos que ya partieron. en esta ‘semana santa’
que recién comienza recuerdo eso que le dijo el carpintero al ladron en la cruz: ’de cierto
te digo que estarás hoy en el paraíso’
Paraiso un lugar maravilloso e indescriptible en belleza, majestuosidad...VIDA.


Francisco Martinez

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